—No tienes que ganarte tu café —dijo.
Reí, insegura. Había pasado toda mi vida ganándome cada pequeña amabilidad. En algún punto entre el té, las cortinas y un martes de octubre en el que tomó mi mano en un semáforo en rojo, dejé de fingir. Tal vez acepté porque estaba agotada de ahogarme, pero me quedé porque lo amaba.