Álvaro estaba ahí.
Podía ver lo que ocurría.
Podía escuchar las respuestas.
Y podía comprobar lo que durante meses solamente había sospechado.
Carmen apareció otra vez con una charola vacía.
Álvaro la observó.
Su madre tenía las manos rojas por el frío y el cansancio marcado debajo de los ojos.
No llevaba el reloj de su esposo ni ninguna de las joyas que solía usar en ocasiones especiales.
Marta, en cambio, estaba sentada frente a una mesa servida para invitados.
Había comida suficiente para todos.
Había copas llenas.
Había risas.
Y había una silla vacía que nadie parecía dispuesto a ocupar.
La silla de Joaquín.
Álvaro se acercó a Carmen.
—Mamá, ¿papá ya comió?
Carmen miró a Marta antes de contestar.
Ese movimiento fue pequeño.
Pero Álvaro lo vio.
—Sí —dijo ella.