Entré con chaqueta gastada a mi propio banco en Castellana y me dejaron dos horas en un rincón. La asesora servía café a los ricos y se reía con el director mientras yo sujetaba un vaso vacío. Me soltó: ‘Esta zona es para clientes private’. No discutí, dejé mi carpeta y volví al día siguiente sin bastón; entonces su pantalla se puso roja y reveló quién era el dueño.

Su nuevo puesto lo llevó a visitar panaderías, talleres, peluquerías, pequeños bares y comercios familiares que solicitaban financiación de 3.000, 8.000 o 15.000 euros. Al principio lo vivió como una condena. Odiaba caminar con una tableta bajo el brazo, esperar en locales sin aire acondicionado y escuchar historias que no cabían en una hoja de cálculo.

Su primer expediente fue el de Javier Molina, un mecánico de 58 años que quería sustituir un elevador averiado. David vio un taller pequeño, manos negras de grasa y cuentas ajustadas. Su viejo instinto le dijo que aquel hombre no era el tipo de cliente que merecía demasiado tiempo.

Entonces Javier colocó sobre la mesa una carpeta de cartón.

David se quedó mirándola.

Era casi idéntica a la de Arturo.

Dentro había 11 años de facturas pagadas, declaraciones trimestrales, fotografías del taller y una lista de 6 trabajadores. Javier explicó que si no reemplazaba la máquina tendría que reducir turnos y posiblemente despedir a 2 empleados.

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