David dejó de sonreír.
—Eso no demuestra que hubiera discriminación. En banca privada necesitamos priorizar perfiles…
—Priorizar operaciones no significa humillar personas —respondió Elena.
Arturo no alzó la voz.
—Ayer no pedí privilegios. Pedí que comprobaran un bloqueo. Si Sara hubiera tecleado el número, habría tardado menos de 1 minuto. Si usted hubiera salido de su despacho, habría tardado todavía menos en descubrir quién era yo. Pero ese no es el problema.
Se acercó al mostrador.
—El problema es que, cuando creyó que yo no podía beneficiarle, decidió que mi tiempo no valía nada.
David miró a los clientes que ya observaban la escena. Intentó recuperar el control.Servicio de atención al cliente
—Señor Valdés, llevo 12 años en este grupo. Esta oficina ha superado objetivos durante 19 meses consecutivos. El trimestre pasado aumentamos un 18% la captación de patrimonio. No se puede juzgar una carrera por una mañana desafortunada.
Arturo asintió lentamente.
—Precisamente por sus resultados nadie quiso mirar cómo los conseguía.
El director territorial bajó la vista.
Elena leyó entonces la resolución del comité extraordinario. David quedaba apartado de la dirección de la sucursal con efecto inmediato. No sería despedido de forma automática. El banco le ofrecía continuar en un programa de recuperación de microcrédito y apoyo a pequeños negocios en varios barrios del sur de Madrid, bajo supervisión y con evaluación mensual.
David palideció.
—¿Me está degradando?
—Le estoy dando una oportunidad que ayer usted no quiso darme a mí —dijo Arturo.
La frase hizo más daño que cualquier grito.
David apretó la mandíbula.
—Tengo 2 hijos. Una hipoteca. No puede convertir mi vida en una lección pública.
Arturo lo miró durante unos segundos.