Entré con chaqueta gastada a mi propio banco en Castellana y me dejaron dos horas en un rincón. La asesora servía café a los ricos y se reía con el director mientras yo sujetaba un vaso vacío. Me soltó: ‘Esta zona es para clientes private’. No discutí, dejé mi carpeta y volví al día siguiente sin bastón; entonces su pantalla se puso roja y reveló quién era el dueño.

No intentó justificarse más.

—Ayer fui cruel. Y lo sabía mientras lo hacía.

Arturo guardó silencio.

—Eso cambia algo —dijo al fin—. No lo arregla, pero cambia algo.

Sara no fue despedida. Durante 6 meses sería trasladada al equipo de recepción general de una oficina de barrio, donde atendería sin segmentación previa y participaría en formación sobre trato al cliente y sesgos comerciales. Su ascenso quedaba suspendido.

Luego Arturo llamó a Miguel.

El joven se acercó convencido de que llegaba su turno de recibir una reprimenda.

—Señor Ruiz, ayer utilizó una ruta interna de consulta que no correspondía exactamente a su nivel.

Miguel tragó saliva.

—Sí.

—¿Sabía que podía meterse en problemas?

—Sí.

—¿Y por qué lo hizo?

Miguel miró hacia la silla donde Arturo había esperado.

—Porque nadie más estaba haciendo su trabajo.

El director territorial levantó las cejas.

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