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Cinco minutos después de que David exigiera hechos antes que venganza, Bishop encontró la primera relación entre uno de los tres apellidos y alguien con acceso al sistema de cámaras de la universidad aquella noche.

David no respondió de inmediato.
Seguía sentado junto a Nora.
La mano de su hija permanecía dentro de la suya.
Aquello era lo único que realmente importaba.
No Vanguard.
No los nombres que había enterrado durante 19 años.
No la persona que alguna vez había sido.
Nora.
El hospital lo había llamado a las 23:47.
Hasta ese momento, David había tenido una vida que para casi todos resultaba sencilla de explicar.
Viudo.
Padre.
Consultor de seguridad.
Un hombre de pocas palabras que llevaba cicatrices en el cuerpo y evitaba hablar de ellas.
Nora había crecido sabiendo que su padre había servido en el ejército.
Era verdad.
Solo que no toda la verdad.
David llevaba casi dos décadas construyendo una existencia en la que su pasado no tuviera importancia.
Cuando Nora nació, tomó una decisión.
Había vivido demasiado tiempo en lugares donde cada puerta podía esconder una amenaza.
No quería criar a una niña dentro de ese mundo.
No quería que ella aprendiera a reconocer vehículos por el sonido del motor o que preguntara por qué ciertos hombres nunca aparecían en fotografías familiares.
Quería desayunos.
Tareas escolares.
Cumpleaños.
Dolores normales.
Una vida que pudiera explicarse sin bajar la voz.
Durante 19 años consiguió algo parecido.
Nora creció.
Él envejeció.
Vanguard se convirtió en una palabra que David no pronunciaba.
El comandante David Vance dejó de existir para casi todos.
David Miller, padre de Nora, ocupó su lugar.