Seis Fracturas, Tres Apellidos Y Un Padre Que Había Enterrado Su Pasado-silas

Cuando nació Nora, David dejó de llamar.

Guardó números.

Guardó objetos.

Guardó nombres.

Luego se dedicó a ser padre.

Aquella noche salió al pasillo.

Metió la mano en la cartera.

Sacó una vieja moneda negra.

Había estado allí durante tanto tiempo que casi nunca pensaba en ella.

Uno de sus lados conservaba un emblema que David evitó mirar demasiado.

Lo importante estaba en el reverso.

Un número.

Diecinueve años.

Ninguna llamada.

David sacó el teléfono.

Miró a Nora a través del vidrio.

Marcó.

Un tono.

Respuesta.

Silencio.

David tampoco habló.

Al otro lado, una voz respiró.

Después:

—¿Comandante?

David cerró los ojos.

Lo reconoció de inmediato.

—Mayor Bishop.

La pausa siguiente fue distinta.

No era miedo.

Era memoria.

—Nunca pensé que este número volvería a sonar.

—Yo tampoco.

—¿Qué ocurrió?

David miró hacia su hija.

—Atacaron a Nora.

El tono de Bishop cambió.

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