—Lo digo en serio.
—Entiendo.
—Si algo no puede sostenerse frente a alguien externo, no me sirve.
—Entendido.
Ese límite era necesario.
El Phantom Commander había trabajado en un mundo donde la velocidad podía decidir quién volvía a casa.
El padre de Nora necesitaba otra clase de disciplina.
Porque una verdad contaminada por una venganza torpe podía terminar ayudando a las mismas personas que intentaba enfrentar.
Pasó una hora.
Después otra.
La luz del hospital seguía siendo demasiado blanca.
David dejó de mirar el reloj.
Nora dormía.
Su teléfono recibió una llamada más.
Bishop.
—David.
No comandante.
Eso le llamó la atención.
—Dime.
—Hay un patrón.
David esperó.
—No es solo una cámara averiada.
Bishop enumeró lo que había podido confirmar hasta ese momento.
Accesos.
Horarios.
Cambios.
Personas con capacidad de tocar distintos sistemas.
Y conexiones que convergían demasiado cerca de los nombres escritos por Nora.