Eso era real.
Todo lo demás debía ganarse con evidencia.
Por primera vez, el hombre que había hecho carrera usando miedo tenía que desconfiar incluso de su propio miedo.
No podía dejar que decidiera por él.
La voz del niño seguía en su cabeza.
Vigila la comida.
Vigila quién la prepara.
Vigila qué le ponen.
Esas palabras no eran sentencia.
Eran instrucciones.
Vincent podía seguirlas.
En silencio.
Sin advertir.
Sin acusar todavía.
Pero incluso esta estrategia es una inferencia lógica, no un hecho narrado posteriormente.
La fuente termina antes de mostrar el plan.
Lo único que sabemos es que Vincent ya no puede volver a la ignorancia anterior.
Eso es irreversible.
A las pocas horas, quizá nuevos datos aparezcan.
Quizá no.
Tal vez los médicos encuentren una explicación.
Tal vez el niño revele qué vio.
Tal vez la acusación colapse.
Tal vez se vuelva más grave.
La historia todavía no permite escoger.
Y eso mantiene toda la tensión donde debe estar.
En un padre.
En una hija.
En una casa.
Y en una pregunta que nadie había formulado durante seis meses:
¿Y si la pérdida de visión de Lila no empezó dentro de su cuerpo?
Vincent no tenía respuesta.
Todavía.
Solo tenía el miedo de que fuera posible.
Y desde aquella tarde, ninguna comida servida frente a su hija volvería a parecerle completamente inocente hasta saber la verdad.