Una tarde de diciembre llevé a Sofía al Bosque Los Colomos.
Corrió entre los árboles.
Se ensució los tenis.
Pidió un chocolate caliente.
Se cayó.
Se levantó riéndose.
Yo la observaba desde una banca cuando mi padre se sentó junto a mí.
—Creí que el dinero podía protegerla —dijo.
—El dinero no escucha cuando un niño tiene miedo.
Asintió.
Sofía corrió hacia nosotros.
—¡Mamá, cárgame!
La levanté.
Apoyó la cabeza sobre mi hombro.
—¿Tienes frío?
Negó.
—Ya no.
La abracé más fuerte.
Durante mucho tiempo pensé que justicia significaría verlos perderlo todo.
Después comprendí que no.
Justicia era Sofía durmiendo con la puerta de su habitación abierta porque ya no temía que alguien fuera a cerrarla.
Era verla dejar comida en el plato porque sabía que habría desayuno al día siguiente.
Era escucharla reír cuando sonaba el timbre.