Y finalmente escuché a Julián.
Mi exmarido.
El hombre con quien alguna vez imaginé envejecer.
—La cremación está programada a las 4. Después ya no habrá nada que revisar.
Pedí verlo.
Mi abogado intentó convencerme de que no lo hiciera.
Entré de todos modos.
Julián estaba sentado frente a una mesa metálica.
Sin reloj.
Sin cinturón.
Sin aquella arrogancia con la que me había mirado durante 3 años frente a jueces y abogados.
—Valeria…
Me senté.
—¿Por qué?
Comenzó a llorar.
—Yo no quería que llegara tan lejos.
—Amarraste a nuestra hija dentro de un ataúd.
—Mi mamá dijo que solo necesitábamos tiempo.
—La iban a quemar viva.
Se cubrió el rostro.
—Debía más de 18 millones de pesos. La empresa estaba destruida. Ernesto iba a denunciarme. Si conseguíamos acceso temporal al fideicomiso podía arreglarlo.
—¿Arreglar qué?
No respondió.
—Sofía me contó que tú le ponías las inyecciones.
Levantó la cabeza.
—Valeria…
—Me dijo que intentaba no llorar porque tú le prometiste que si era una niña buena despertaría en un lugar mejor.
Julián se quebró.
—Yo amo a mi hija.
Sentí algo frío dentro del pecho.
—No vuelvas a decir eso.
Me miró.
—Una persona que ama a su hija no la seda durante días. No la encierra. No le enseña a tener miedo de su madre. Y no espera tranquilamente mientras preparan un horno para borrar su cuerpo.
Bajó la mirada.
Entonces le hice la pregunta que llevaba años atormentándome.
—¿Sofía realmente decía que no quería verme?
Julián permaneció callado.
—Contéstame.
—No.
Aquella palabra me dolió más que todo lo anterior.
—Preguntaba por ti casi todos los días.
Tuve que apretar las manos debajo de la mesa.