—Álvaro ha demostrado compromiso con el grupo.
—¿A través de su experiencia?
—A través de diferentes vías.
—¿Incluida una aportación económica a un fondo privado relacionado con usted?
La sonrisa de Ricardo desapareció.
Beatriz dejó caer el bolígrafo.
Tomás miró a Álvaro.
El candidato palideció durante un segundo, pero enseguida recuperó la expresión desafiante.
—No sé de qué habla.
Elena mantuvo la voz baja.
—Yo tampoco conozco a ningún candidato tan extraordinario como para que un comité ignore los procedimientos, las pruebas y la ética. Pero tal vez una transferencia generosa consiga ciertas ventajas.
Ricardo se levantó de golpe.
—¿Está insinuando que aceptamos sobornos?
—Estoy diciendo que el proceso parece decidido de antemano.
—¡Esto es una acusación gravísima!
—Entonces será fácil demostrar que me equivoco.
Ricardo golpeó la mesa.
—¿Sabe con quién está hablando?
—Sí.
—Este es uno de los grupos financieros más importantes del país. No puede entrar aquí vestida de cualquier manera y lanzar acusaciones porque sabe que será rechazada.
Tomás señaló la puerta.
—Ya hemos escuchado suficiente.
Beatriz sonrió con frialdad.
—Seguro que está buscando una compensación. Algunas personas provocan una situación y después se presentan como víctimas.
Álvaro soltó una risa.
—Quizá redactó el currículum en una biblioteca pública.
Los demás volvieron a reír.
Elena sintió un dolor seco en el pecho. No por ella, sino por todas las personas que habían pasado por aquella sala sin poder defenderse.
Por quienes habían llegado nerviosos con su mejor camisa.
Por quienes habían ahorrado durante meses para comprar un traje.
Por quienes habían salido convencidos de que no valían nada.
—No saben quién soy —dijo Elena.
Beatriz la miró de arriba abajo.