Eso siempre le había convenido.
Preparó café negro en una cafetera vieja de metal y, mientras esperaba, hizo flexiones sobre el suelo frío. Después siguió con abdominales y estiramientos lentos que tiraban de antiguas cicatrices escondidas bajo la camiseta.
No se quejó.
Nunca lo hacía.
Debajo de la cama guardaba un estuche largo y golpeado. Dentro había un fusil de precisión retirado del servicio tres años atrás.
El arma ya no figuraba en su equipo asignado.
Aun así, cada mañana la desmontaba, limpiaba sus piezas y volvía a montarla con los ojos casi cerrados. No por nostalgia. Tampoco por orgullo.
Lo hacía porque hay movimientos que el cuerpo se niega a olvidar.
Cuando terminó, bebió el café de pie frente a la ventana. Afuera, el cielo comenzaba a teñirse de naranja sobre los cerros.
El fusil descansaba sobre la cama.