Trece francotiradores fallaron el tiro imposible, pero una capitana olvidada pidió una bala y silenció a todos

Eso siempre le había convenido.

Preparó café negro en una cafetera vieja de metal y, mientras esperaba, hizo flexiones sobre el suelo frío. Después siguió con abdominales y estiramientos lentos que tiraban de antiguas cicatrices escondidas bajo la camiseta.

No se quejó.

Nunca lo hacía.

Debajo de la cama guardaba un estuche largo y golpeado. Dentro había un fusil de precisión retirado del servicio tres años atrás.

El arma ya no figuraba en su equipo asignado.

Aun así, cada mañana la desmontaba, limpiaba sus piezas y volvía a montarla con los ojos casi cerrados. No por nostalgia. Tampoco por orgullo.

Lo hacía porque hay movimientos que el cuerpo se niega a olvidar.

Cuando terminó, bebió el café de pie frente a la ventana. Afuera, el cielo comenzaba a teñirse de naranja sobre los cerros.

El fusil descansaba sobre la cama.

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