Eso siempre le había convenido.
Preparó café negro en una cafetera vieja de metal y, mientras esperaba, hizo flexiones sobre el suelo frío. Después siguió con abdominales y estiramientos lentos que tiraban de antiguas cicatrices escondidas bajo la camiseta.
No se quejó.
Nunca lo hacía.
Debajo de la cama guardaba un estuche largo y golpeado. Dentro había un fusil de precisión retirado del servicio tres años atrás.
El arma ya no figuraba en su equipo asignado.
Aun así, cada mañana la desmontaba, limpiaba sus piezas y volvía a montarla con los ojos casi cerrados. No por nostalgia. Tampoco por orgullo.
Lo hacía porque hay movimientos que el cuerpo se niega a olvidar.
Cuando terminó, bebió el café de pie frente a la ventana. Afuera, el cielo comenzaba a teñirse de naranja sobre los cerros.
El fusil descansaba sobre la cama.
Elena lo miró apenas un segundo antes de cerrar el estuche.
A las seis en punto ya cruzaba el patio de formación rumbo a la oficina de logística. Su trabajo consistía en controlar munición, repuestos, equipos de protección, fechas de revisión y cientos de detalles que nadie valoraba hasta que algo faltaba.
No era un puesto vistoso.
Pero un error allí podía costar una misión.
Un grupo de soldados jóvenes pasó corriendo cerca de ella. Iban riendo, empujándose con el hombro y presumiendo de sus prácticas en el polígono.
Uno silbó.
—¡Capitana, no se olvide del café para los héroes!