El capitán Sergio Díaz soltó una risa seca.
—¿La encargada de inventarios? Esto ya parece una broma.
Elena ni siquiera lo miró.
El general Rivas, en cambio, sintió una punzada extraña. Había algo en aquella mujer. Una forma de sostener la mirada, de medir el terreno, de no desperdiciar ni un movimiento.
No recordaba de dónde la conocía.
Todavía.
Horas antes, cuando el sol apenas aclaraba las montañas del norte, Elena se había levantado sin despertador en su habitación del Campo de Pruebas Sierra Roja, un complejo levantado en una zona remota del desierto de Sonora.
Tenía treinta y cuatro años, estatura media y el cabello oscuro recogido en un moño firme. Su rostro era corriente, con pequeñas marcas de cansancio bajo los ojos y una cicatriz fina junto a la ceja izquierda.
Nada en ella pedía atención.