Díaz apartó la cara del visor y golpeó la arena con el puño.
El general Rivas miró a los trece seleccionados.
—¿Queda alguien?
Nadie respondió.
Fue entonces cuando Elena habló desde atrás.
—¿Me permite intentarlo, mi general?
Las risas comenzaron pequeñas, nerviosas.
—¿En serio? —dijo un teniente—. Ni siquiera tiene distintivo de combate.
—Tal vez le dispare a la luna —añadió otro.
Díaz se puso de pie. La vergüenza por su fallo se transformó en malicia.
—Si va a convertir esto en un circo, al menos que use mi fusil —dijo—. Está ajustado y listo. Así no podrá culpar al equipo.
Elena llegó a la línea y observó el arma.
—No necesito culpar a nadie.
Sacó de un pequeño estuche una herramienta de medición y un nivel compacto. Revisó el montaje, la alineación y el cierre con una atención tan rápida como precisa.