—Tú enviabas dinero —dijo Javier—. Yo estaba aquí.
—Y por estar aquí, ¿tenías derecho a quitarles la casa?
Javier apartó la mirada.
La verdad salió poco a poco.
4 años antes, su pequeña empresa de reformas había quebrado. Había pedido créditos, firmado avales y confiado en un socio que desapareció dejando facturas sin pagar. Manuel vendió un terreno en Sagunto que pertenecía a la familia desde hacía décadas y pagó buena parte de la deuda.
Javier prometió devolverlo.
Nunca lo hizo.
Cuando él y Nuria se mudaron temporalmente al chalet, ella empezó organizando las cuentas. Al principio pagaba recibos y acompañaba a Carmen al banco. Después convenció a Javier de que era absurdo que los padres conservaran todo el control.
“Algún día Nicolás volverá y decidirá vender”, repetía.
Javier, lleno de resentimiento hacia su hermano exitoso y de vergüenza por depender de sus padres, aceptó.
Luego aceptó cambiar habitaciones.
Aceptó guardar las tarjetas.
Aceptó decir a los vecinos que Manuel estaba despistado.
Aceptó firmar papeles.
Cada paso parecía pequeño.
Hasta que un día sus padres ya necesitaban permiso para usar su propio comedor.
—¿Robaste dinero? —preguntó Nicolás.
Javier tardó en responder.
—Sí.
La palabra quedó suspendida en el taller.
—Parte fue para mis deudas. Después Nuria empezó a transferir más. Decía que era para protegernos.
—¿Y tú qué protegías?
Javier no tuvo respuesta.
Nicolás sacó del bolsillo una copia del recibo de venta del terreno de Sagunto y la dejó sobre la mesa.
—Papá vendió esto para salvarte. Y tú convertiste su ayuda en una excusa para seguir tomando.
Javier empezó a llorar, pero Nicolás no lo abrazó.
Por primera vez en su vida, nadie iba a rescatarlo de las consecuencias.