Mateo tomó mi mano.
—¿Te acuerdas de lo que dijiste antes de subir al autobús?
—Dije muchas tonterías.
—Que regresarías con una historia de la que tus padres estarían orgullosos.
Miré la casa.
Luego el pequeño salón donde 34 jóvenes acababan de aprender algo que quizá les abriría una puerta.
—Durante mucho tiempo pensé que la historia tenía que terminar conmigo teniendo dinero, un puesto importante y todos arrepentidos de haberse reído.
—¿Y ahora?
Pensé en Esteban.
Ya no sentí rabia.
Tampoco satisfacción.
Solo distancia.
—Ahora sé que esa nunca fue la historia.
—¿Entonces cuál fue?
Apreté su mano.
—Que me fui creyendo que tenía que demostrar cuánto valía.
Miré hacia la carretera.
—Y volví entendiendo que mi valor nunca estuvo en discusión.
La ciudad no me convirtió en alguien importante.
El ascenso tampoco.
Ni Ana.