Se burlaron de ella por irse a Ciudad de México con solo 2,800 pesos — años después, el primo que más se rio terminó suplicándole ayuda.

Parte 2: Nadie habló durante varios segundos.

Salvador fue el primero.

—Eso no significa que yo haya escrito el número.

Ana levantó la vista.

—Tu usuario hizo la modificación.

—Mi equipo utiliza algunas carpetas compartidas.

—¿Tu contraseña también es compartida?

Salvador apretó la mandíbula.

—Claro que no.

Ana cerró la laptop.

—Entonces vamos a revisar esto.

Pensé que me mandarían a casa.

En cambio, Ana me pidió que me quedara.

—Valeria.

—Sí.

—Lo manejaste bien.

—Solo revisé el archivo.

—Precisamente.

Me señaló una silla.

—Los empleados nuevos suelen tener miedo de contradecir a sus superiores.

—Yo también tuve miedo.

—No pareció.

—Porque aprendí que tener miedo y obedecer sin pensar son cosas distintas.

Ana sonrió por primera vez.

—Quiero que empieces a ayudar con control de reportes.

Salvador recibió una llamada de atención formal.

El caso quedó registrado como error operativo.

Yo pensé que aquello había terminado.

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