Un suspiro recorrió la catedral.
El joven con el esmoquin a su lado—el propio asistente de Julian, que había sido quien más reía de risa—retrocedió tambaleándose, con los ojos abiertos de horror. “¿Qué demonios—?!”
La voz de Lando, profunda y autoritaria, cortó el silencio atónito como una cuchilla.
“Sí.”
Se giró para mirar directamente a Julian. La sonrisa arrogante del multimillonario se congeló y se hizo añicos.
“Tú…” Julian tartamudeó, reconociéndolo. “No. Imposible. Estás muerto. Me aseguré—”
Lando—cuyo nombre real el mundo pronto recordaría—era Rafael “Rafe” Montalban, el único hijo del difunto magnate naviero Don Eduardo Montalban. Hace cinco años, Julian orquestó un “accidente” de yate para eliminar al heredero Montalban que se interponía en su hostil toma de control de su imperio naviero. Rafe sobrevivió, pero por poco. Había pasado años en las sombras, viviendo como un fantasma, reuniendo pruebas, reconstruyendo en secreto y esperando el momento perfecto.
Hoy era ese momento.
Rafe dio un paso adelante, quitándose la chaqueta sucia como si nada. Debajo, aunque aún sucio, su postura era la de un rey.
“Julian Reyes”, dijo, su voz resonando en cada rincón de la catedral, “querías un espectáculo. Vamos a darles uno.”
Sacó el móvil y tocó una vez. Todas las pantallas de la catedral—móviles, los grandes monitores preparados para la ceremonia, incluso la emisión en directo—cambiaron de repente de la boda a una presentación devastadora.
Documentos. Registros bancarios. Grabaciones de voz. Pruebas en vídeo.
La voz de Ulian sonó clara: ordenando el sabotaje del yate de Montalba. Ordenando la destrucción de la empresa del padre de Clara. Soborno. Blanqueo de dinero. Evasión fiscal a gran escala. Ni siquiera la “donación” que acababa de prometer para la madre de Clara nunca se había transferido—era una mentira.