I suoi capelli argentati erano raccolti con cura dietro la testa, e indossava un abito blu scuro che sembrava più elegante di qualsiasi spada.
—Elea Carter —disse senza alzare lo sguardo.
“Sì, signora.”
– Cierra la puerta.
Elea obbedì.
La pesante porta si chiuse con uno scatto alle sue spalle.
Il silenzio riempì la stanza.
La Signora Hamilton finalmente alzò lo sguardo.
Sus penetrantes ojos grises estudiaron a Elena con tal concentración que la joven sintió que estaba siendo valorada por algo mucho más importante que la limpieza de tareas.
– Siéntate.
Elena esitò.
Le domestiche erano sedute nello studio di Hamilton.
Pero la señora Hamilton hizo otro gesto.
Entonces Elena se sentó.
Sus manos estaban nerviosamente entrelazadas en su vientre.
Entonces la tía habló.
“Elena, sé todo sobre tu madre”.
Elena parpadeó.
– ¿Mi madre?
– Sí. Sarah Carter. Linfoma de la tercera etapa”.
Elena sintió que su corazón saltaba.
“No me di cuenta…”
“Estoy acostumbrado a conocer a la gente que trabaja en mi casa”.
La Sra. Hamilton tomó sus manos.
“Usted tiene una deuda médica de unos 387.000 dólares”.
La cara de Elena palideció.
Escuchar esa figura hablada en voz alta fue como si alguien hubiera cerrado una puerta en su pecho.
– Sí… señora.
“Además, tienes dos trabajos de limpieza más el fin de semana”.
Elena asintió.
La señora Hamilton se inclinó ligeramente hacia atrás.
“Sin embargo, te estás volviendo a caer”.
Elena no sabía qué decir.
Entonces, la anciana pronunció la frase que cambiaría la vida de Elena para siempre.