—Durante años mi hija escribió mensajes a un número que no existía. Y cada vez que yo preguntaba por ella, tú me decías que estaba ocupada, que no quería hablar, que era rebelde.
—Porque necesitaba disciplina.
—¿Disciplina es hacerle creer que su padre no la quiere?
—Los niños necesitan miedo para obedecer.
Nadie dijo nada.
Creo que en ese instante mi madre entendió que había hablado demasiado.
Me miró.
Después comenzó a llorar.
Era un llanto que conocía perfectamente.
Lo había usado toda mi vida.
—Después de todo lo que hice por ustedes…
Años atrás habría terminado consolándola.
Aquella tarde miré a Mariana.
Quince años.
Demasiado delgada.
Con miedo de comer.
Con miedo de gastar.
Con miedo de hablar.
Y entendí cuántas veces mi madre había convertido las consecuencias de sus actos en sufrimiento propio.