Había obedecido.
Había pasado hambre.
Y yo la había regañado desde cientos de kilómetros porque confiaba más en la voz de un adulto que en la de mi propia hija.
La abracé.
Al principio quedó rígida.
Luego me sujetó la camisa.
—Pensé que no me querías porque me parezco a mamá.
Lloré como no había llorado desde que enterramos a Lucía.
Esa tarde la llevé a comer.
Mariana miró primero los precios del menú.
A mitad del plato comenzó a envolver carne en una servilleta.
—¿Qué haces?
Se asustó.
—Es para mañana.
—Mañana también habrá comida.
Me miró como si aquella idea fuera demasiado buena para creerla.
Esa noche, en el hotel, le pregunté si su abuela alguna vez la había golpeado.
Mariana permaneció en silencio.
—No mucho —respondió finalmente.
Y cuando me explicó qué significaba “no mucho”, supe que el dinero robado apenas era el principio.