—Hoy no —dije.
—¿Qué?
—Hoy no vas a convertirte en la víctima.
—Soy tu madre.
—Y ella es mi hija.
Tragué saliva.
—Durante cinco años elegí creerte a ti antes que escucharla. Eso se acabó.
Saqué la última carpeta.
—El abogado ya está revisando las cuentas.
Teresa dejó de llorar.
—¿Abogado?
—También habrá una denuncia por los documentos falsos y por el dinero.
—¿Vas a denunciar a tu propia madre?
—Sí.
—¿Por dinero?
Negué.
—Por cinco años de hambre.
Por primera vez no tuvo una respuesta.
Subimos por las cosas de Mariana.
No tardamos ni quince minutos.
Tenía dos uniformes.
Tres playeras.
Unos tenis.
Un suéter.
Cuadernos.
Varias fotografías de su mamá.
Eso era casi todo lo que poseía después de cinco años recibiendo supuestamente decenas de miles de pesos mensuales.
Cuando salimos, Teresa gritó desde la puerta:
—¡Vas a regresar! ¡Tu padre no sabe cuidarte!