Valeria volvió a mirar el documento.
Esa frase había sido la llave de todo.
Soy tu esposo.
Con esas tres palabras Diego había justificado los boletos, la reservación del departamento y los planes de su madre y de Karla.
Con esas mismas palabras había decidido que la tarjeta que Valeria le había dado para gastos pendientes de la boda ya podía usarse para cualquier cosa.
Y dos noches antes, cuando doña Carmen había dicho que Valeria no tenía padres ni una casa familiar a dónde correr, Diego no la había defendido.Había dicho algo peor.
«Yo sé cómo manejarla».
Valeria no necesitaba preguntarse si había escuchado mal.
Lo había oído con claridad.
—Precisamente porque eres mi esposo, tenemos que dejar algunas cosas por escrito —dijo.
Diego soltó una risa corta.
—¿De qué estás hablando?
—Mi abogado te enviará una carta.
Ahora sí hubo un silencio más largo.
—¿Qué abogado?
Valeria tomó la pluma.
—El mío.
Diego empezó a hablar más rápido.
Primero quiso saber dónde estaba ella.
Después preguntó si había regresado a Ciudad de México.
Luego quiso saber por qué tenía abogado si apenas se habían casado.
Valeria no respondió ninguna de esas preguntas.
La carta no era una amenaza teatral ni un intento por arruinarle las vacaciones.
Su objetivo era establecer límites claros sobre el uso de sus cuentas, sus tarjetas y los bienes que existían antes del matrimonio, además de dejar constancia de que Diego no tenía autorización para comprometer dinero, contratar servicios o tomar decisiones financieras en nombre de Valeria sin su consentimiento.
Ella había pedido a su abogado algo sencillo: nada de discursos, nada de insultos y nada de advertencias vacías.