Canela observó cada paso que daba, sus ojos siguiéndolo como si estuviera midiendo si se podía confiar en los humanos de nuevo.
Cuando Miguel regresó, Lupita había envuelto al pálido cachorro dentro de la esquina de su suéter.

Ella estaba respirando suavemente, una y otra vez, con la paciencia de alguien con miedo de moverse demasiado rápido.
Los otros cachorros hicieron sonidos débiles dentro de la caja, sus cuerpos presionados juntos como calcetines doblados en los trapos sucios.
Canela bajó su hocico sobre ellos, pero sus ojos seguían volviendo a la pulsera en el suelo.
Miguel se dio cuenta de que cada vez que Lupita lo miraba, las orejas del perro se aplanaban contra su cabeza.
“Vino de algún lugar”, dijo Miguel. “Alguien lo puso en esa caja, o alguien la perdió cerca de ella”.
“O Canela lo tomó”, dijo Lupita en voz baja.
Miguel la miró.
“She dragged six newborn puppies across the highway,” Lupita continued. “Maybe she dragged that bracelet for a reason too.”
Afuera, la televisión de un vecino se reía a través de la pared, fuerte y ordinaria, como si el mundo no se hubiera desplazado dentro del apartamento 3B.
Luego vinieron tres golpes duros en la puerta.
Miguel y Lupita se congelaron.
Canela se puso tan rápido que la caja raspó la baldosa, y un cachorro lloró por el movimiento repentino.
—Miguel —susurró Lupita—.
Los golpes volvieron, más agudos.
“Open up,” Don Ernesto called from outside. “I heard an animal.”
Miguel closed his eyes for one second, feeling the cost arrive sooner than he expected.
Su alquiler ya era tarde en nueve días, y Don Ernesto le había recordado dos veces sobre la regla de los no-mascotas.
Lupita reunió a los cachorros más cerca de la pared, pero no había ningún lugar donde esconder a una madre perra hambrienta.