
Lo más difícil no era el cansancio físico. Era escuchar a Lucas, el más pequeño, preguntar una y otra vez cuándo volvería su mamá. Con los años, los niños fueron creciendo, las rutinas se afianzaron y el dolor aprendió a convivir con nosotros, aunque nunca desapareció por completo.
El cambio de Lucas doce años después
Con el tiempo, Lucas se transformó en un adolescente reservado. Un día empezó a comportarse de forma extraña: se aisló, dejó de hablar en la mesa y evitaba cualquier conversación profunda. Sabía que algo le ocurría, pero se negaba a explicarlo.
Días después apareció en la sala con una pequeña caja metálica oxidada que había encontrado en el ático. Dentro guardaba objetos que reconocí de inmediato: un collar, una fotografía envejecida y varias cartas atadas con una cinta azul.