Daniela regresó rápidamente a su habitación y sacó una pequeña y discreta cámara con carcasa de malla que usaba para grabar sus videoconferencias. La colocó cuidadosamente detrás de un jarrón decorativo en la estantería, orientando la lente para que captara la entrada principal, el sofá de la sala y la mesa donde Mariana solía dejar su bolso. Comprobó que la transmisión se estuviera subiendo directamente a una unidad segura en línea y que su teléfono inteligente tuviera el control total de la señal.
A continuación, volvió al bolso negro. Con unas pinzas delicadas de su baño, levantó con cuidado la bolsita blanca que contenía la pulsera de esmeraldas. Fotografió la posición exacta de la bolsita por última vez antes de guardarla en un pequeño joyero de terciopelo, que escondió en el fondo de su grueso abrigo de invierno colgado en el armario del pasillo 🧥. En lugar de la pulsera original, dentro de la bolsita blanca, colocó un reloj de bisutería pesado, de peso similar, para asegurarse de que el bolso pareciera igual por fuera.
A las 3:52, el inconfundible sonido del ascensor del edificio resonó por el pasillo. Daniela sintió que el corazón le latía con fuerza. Se acomodó en el sofá, se cubrió las piernas con una manta suave e intentó parecer una estudiante cansada recuperándose de un malestar estomacal.
La cerradura giró y la pesada puerta de madera se abrió. Mariana entró primero, con el rostro reflejando un evidente cansancio tras una larga mañana gestionando asuntos de los inquilinos del centro comercial. Detrás de ella caminaba Óscar. Como siempre, lucía impecable, vestido con una elegante chaqueta, aunque sus ojos recorrieron nerviosamente el vestíbulo antes de posarse en Daniela.