Asentí.
—Todas las que llevaba.
Daniel palideció.
Él conocía la fórmula.Era un protocolo experimental diseñado específicamente para el cuadro de Ethan Walsh.
Habíamos tardado casi tres semanas en preparar la cantidad necesaria.
—Amelia…
—No voy a operarlo.
—Entiendo que estés furiosa.
—No es por orgullo.
Lo miré.
—Me expulsaron por la fuerza. Falsificaron el motivo de mi desembarque. Permitieron que una empleada destruyera medicación médica especializada. Luego su administrador me amenazó sin permitirme explicar nada.
Daniel guardó silencio.
—Esto ya no es solo una cuestión personal —continué—. Una operación de este nivel requiere confianza absoluta entre el equipo, la familia y el cirujano. Esa confianza desapareció.
Entonces mi teléfono empezó a vibrar.
Una vez.
Dos veces.
Diez veces.
Veintitrés llamadas perdidas.
Todas desde números desconocidos.
Daniel miró la pantalla.
—Supongo que ya descubrieron algo.
Yo también lo supuse.
A más de mil kilómetros de distancia, el caos acababa de comenzar.
El jet comercial aterrizó en Nueva York a las 5:47 de la tarde.
Ethan Walsh fue el primero en bajar.
Tenía treinta años, una fortuna heredada que aparecía regularmente en revistas financieras y una enfermedad que muy pocas personas conocían.
Cardiomiopatía infiltrativa avanzada.
Complicada por una malformación vascular extremadamente rara.
Dos centros médicos europeos se habían negado a operarlo.
Tres cirujanos estadounidenses habían dicho lo mismo.
La intervención convencional tenía una probabilidad inaceptable de terminar en una hemorragia masiva.
Yo había desarrollado una técnica híbrida que podía darle una oportunidad real.
Por eso los Walsh me habían buscado.
Y por eso Ethan viajaba aquel día con varios miembros de su equipo.
Al bajar del avión, su administrador Marcus Reed revisó inmediatamente su teléfono.