El muerto era Nicolás.
El hombre que había confesado llamarse Nicolás era realmente Sebastián.
Mi esposo seguía vivo.
Y estaba intentando desaparecer usando la identidad limpia de su hermano muerto.
La policía me ordenó no confrontarlo.
Preparé una maleta.
Iba a irme a casa de mi hermana cuando escuché 3 golpes en la puerta.
Miré por la mirilla.
Era él.
Sebastián levantó la cabeza.
Sonrió directamente hacia mí.
—Recordaste lo del tobillo.
Se me heló la espalda.
Activé la alarma silenciosa que el detective había instalado en mi teléfono.
—Vete.
—Tenemos 9 años de matrimonio que hablar.
Escuché una llave entrando en la cerradura.
Había cambiado el código digital.
Había olvidado la llave mecánica.
Empujé la puerta con todo mi cuerpo.
—No entres.
Sebastián giró la llave.