Existen momentos en la vida que uno cree que son insuperables. La llegada de un policía a la puerta, el sonido del llanto quebrado de un padre, el instante en que las rodillas ceden antes de que la mente comprenda lo que acaba de escuchar. Uno cree que ese es el fondo. Pero se equivoca.
El verdadero fondo llega ocho días después, cuando ves a tu padre con una flor en la solapa, tomando de la mano a la hermana de tu madre recién fallecida.
Una pérdida repentina y una tía demasiado presente kara
Tenía treinta años cuando mi madre, Laura, murió en un accidente automovilístico. Había salido apenas a recoger una receta médica. Minutos después, un oficial estaba en el porche de nuestra casa, con el sombrero entre las manos, pronunciando palabras que jamás debieron formar parte de nuestra historia.