Rosa se quedó muda.
Tres semanas después, Mariana volvió al pequeño hospital donde había comenzado su carrera. Pensó que lo difícil sería criar sola a su hija. Se equivocó.
Llegaron los rumores, las miradas y, finalmente, un documento para reducirle la plaza a medio turno “por su condición”.
—Estoy embarazada, no enferma.
—Precisamente por eso estamos pensando en ti —respondió la jefa con una sonrisa falsa.
Mariana firmó porque necesitaba conservar al menos la mitad del sueldo.
Esa misma tarde encontró en casa un sobre enviado por un despacho jurídico de Guadalajara.
El convenio ofrecía dinero suficiente para pagar un departamento modesto a cambio de que renunciara a reclamar paternidad, manutención o contacto futuro.
Doña Rosa palideció al ver la cifra.
Mariana solo leyó una frase:
“Renuncia a promover cualquier acción para el reconocimiento de paternidad.”
Entonces entendió que Gabriel no solo quería abandonarla.