—Doña Rosa, le debo una disculpa.
Ella siguió cortando nopales.
—A mí no me debe nada. A quien dejó embarazada fue a mi hija.
—También la obligué a usted a recoger lo que yo rompí.
Rosa dejó el cuchillo.
—¿Quiere saber qué fue lo peor? No fue verla llegar con la maleta. Fue verla defenderlo durante semanas. Decía que usted debía tener una razón. Las mujeres hacemos eso cuando amamos: inventamos razones para que duela menos.
Gabriel bajó la mirada.
—No tengo una razón que alcance.
—Entonces no la invente. Y no crea que porque ahora hace lo correcto ya quedó pagado. Lo correcto no es una deuda extraordinaria, doctor. Es lo mínimo.
Gabriel asintió.
—Lo sé.
—Ojalá sí.
Desde la puerta, Mariana había escuchado casi todo. No intervino. Pero aquella noche, por primera vez, le escribió a Gabriel sin que hubiera una urgencia relacionada con la niña: