Cuando Mariana despertó, él esperaba junto a la puerta. No entró hasta que ella lo autorizó.
—¿Ya la viste? —preguntó.
—Sí.
—Se llama Lucía.
—Me gusta.
—No te pregunté.
Gabriel bajó la cabeza.
—Tienes razón.
Mariana sonrió apenas.
Fue la primera grieta en el muro.
No se reconciliaron ese día.
Gabriel rentó un departamento a veinte minutos del hospital. Aprendió a cambiar pañales, a preparar biberones y a caminar de madrugada con una bebé con cólicos. Llegaba cuando Mariana se lo permitía y se iba cuando ella se lo pedía.
Cuando Rosa tuvo una crisis de presión, Gabriel llevó a Lucía a pasear para que Mariana durmiera.
Cuando Mariana recuperó su plaza completa después de una revisión administrativa, él no convirtió la noticia en un triunfo propio. Solo llevó tamales y atole para el turno.
La jefa que había reducido su puesto tuvo que corregir la situación. Su sobrina terminó aceptando una plaza en Guadalajara.
Mariana volvió a ocupar su lugar frente a la mesa de cirugía con sueldo completo y la cabeza en alto.
Dos meses después del nacimiento de Lucía, Gabriel llegó una tarde sin flores, sin anillo y sin sobres.
Se sentó frente a Mariana.
—Quiero preguntarte algo. Si dices que no, mañana seguiré viniendo a ver a mi hija igual que hoy.
—Pregunta.
—¿Quieres que intentemos volver?
Mariana lo observó largo rato.