Gabriel también abrió una cuenta a nombre de la niña para gastos médicos y estudios. No depositó una fortuna ni intentó impresionarla. Solo dejó todo formal y documentado.
Después comenzó a presentarse en casa de Rosa una vez por semana.
El primer domingo llevó pañales.
Mariana lo miró desde la puerta.
—Te dije que no compraras cosas sin preguntar.
—Pregunté.
—¿A quién?
Rosa apareció detrás de ella.
—A mí.
Mariana cerró los ojos.
—Mamá.
—¿Qué? Solo me preguntó qué marca usamos.
Gabriel dejó el paquete y se fue. No pidió café. No pidió tocarle el vientre. No pidió que lo perdonaran.
Regresó la semana siguiente con las manos vacías.
Solo preguntó cómo había salido la consulta.
Un mes después, una emergencia cambió algo.
Un trabajador de una empacadora llegó al hospital con una lesión grave en la pierna. El traslado a Guadalajara podía tardar demasiado. Gabriel llegó desde otro municipio y Mariana tuvo que entrar como instrumentista porque faltaba personal.
Cuando se encontraron frente a la mesa, ninguno habló de ellos.
Él extendió la mano.
Ella le puso la pinza correcta.
La lámpara falló dos veces. El monitor era viejo. Faltaba un tamaño de sutura.
Gabriel no gritó.
No humilló a nadie.