«Tenlo si quieres, pero para mí ese niño no existe», dijo el cirujano antes de dejarme embarazada y sola con un sobre de dinero. Durante meses no lo llamé ni le pedí un peso. Solo envié una fotografía al hospital el día de una cirugía importante. Cuando la vio junto a una imagen de su propia infancia, pidió que otro médico ocupara su lugar… y nadie entendía por qué.
Mariana volvió a ocupar su lugar frente a la mesa de cirugía con sueldo completo y la cabeza en alto.
Dos meses después del nacimiento de Lucía, Gabriel llegó una tarde sin flores, sin anillo y sin sobres.
Se sentó frente a Mariana.
—Quiero preguntarte algo. Si dices que no, mañana seguiré viniendo a ver a mi hija igual que hoy.
—Pregunta.
—¿Quieres que intentemos volver?
Mariana lo observó largo rato.
—No quiero volver.
Gabriel bajó la vista.
—Quiero empezar de nuevo —añadió ella—. No es lo mismo.
Él levantó la cabeza.
—¿Y cómo se hace?
—Despacio.
—Puedo hacer despacio.
—Eso está por verse.
Pasaron otros dos meses antes de que Mariana aceptara compartir casa con él, y todavía más antes de aceptar casarse.
No hubo boda enorme.
Fueron al Registro Civil una mañana de primavera. Rosa llevaba su mejor saco. Teresa viajó desde Ciudad de México. Josefina llegó con un paquete de pañales de tela cosidos por ella misma.