Mariana cruzó los brazos.
—¿Quieres que sienta lástima?
—No. Quiero que sepas que ya no estoy detrás de él. Y admitir que ayudé a destruir varios meses de tu vida.
Mariana pensó en los cuchicheos, en la reducción de sueldo, en la libreta de gastos y en las noches en que Rosa fingía dormir para que ella no la oyera llorar.
—No te perdono todavía —respondió—. Para perdonar primero tengo que dejar de sentir que me arrancaron algo. Y aún no llego ahí.