Teresa dejó de avanzar hacia nosotros y se lanzó hacia el mueble de la cocina donde Sofía había señalado la gaveta cerrada.
Yo alcancé a ponerme enfrente antes de que llegara.
No la empujé.

No la toqué.
Simplemente ocupé el espacio entre ella y el cajón mientras Sofía seguía escondida detrás de mi pierna y Valeria permanecía a un lado, con los dedos enrojecidos y la venda húmeda pegada a la piel.
—Quítate, Diego —dijo mi madre, esta vez sin el tono de anfitriona que había usado frente a sus invitadas—. Ahí no hay nada que te importe.
Esa frase hizo que mirara otra vez a mi hija.
Sofía no estaba viendo a su abuela.
Estaba viendo la gaveta.
—Sí me importa —respondí.
Teresa apretó los labios y metió una mano en el bolsillo de su vestido rojo.
Cuando la sacó, tenía una llave pequeña entre los dedos.
Ahí entendí algo que hasta ese momento no había querido pensar: mi madre no solo sabía qué había dentro.
Ella era quien podía abrirlo.
Detrás de nosotros, las mujeres que minutos antes reían alrededor de las mesas empezaron a levantarse.
Algunas tomaron sus bolsas.
Otras fingieron revisar sus teléfonos.
Una de ellas preguntó si necesitábamos ayuda, pero Teresa le respondió antes que yo.
—No pasa nada. Diego siempre exagera cuando se trata de la niña.
Sofía me apretó la mano.
—Papá —susurró—, ahí está lo de mamá.
Sentí a Valeria contener el aire.
Volteé hacia ella.