—Estás dejando que esa chica ocupe un lugar que no le corresponde.
Alejandro fingió no darle importancia, pero la frase se quedó dentro.
Aquel martes, una reunión con inversores terminó inesperadamente pronto. Llovía sobre Madrid y Alejandro decidió volver sin avisar. Pensó que sorprendería a Lucía, que cenarían juntos y que, por una vez, no tendría que escuchar por teléfono lo que su hija había hecho durante el día.
Al entrar en casa, encontró un silencio extraño.
No había dibujos en la televisión. No se oía a Lucía. Tampoco estaba Marta en la cocina.
Entonces escuchó música y gritos de niños al fondo.
Se detuvo.
Primero pensó que se trataba de la televisión. Después oyó una carcajada, un aplauso colectivo y varias voces corriendo hacia el jardín.
Su expresión cambió.