PARTE 1
Alejandro Valdés llegó a su casa 4 horas antes de lo previsto y, durante los primeros 30 segundos, estuvo convencido de que la mujer a la que había confiado a su hija lo había traicionado.
A sus 42 años, Alejandro era uno de los empresarios tecnológicos más conocidos de Madrid. Había levantado una compañía valorada en cientos de millones, aparecía en revistas económicas y vivía en un enorme chalet de La Moraleja, con jardín, piscina y un equipo doméstico que funcionaba casi como un hotel. Sin embargo, desde que su esposa, Clara, falleció 3 años atrás, todo aquello le parecía decorado alrededor de una única persona: su hija Lucía, de 5 años.
La adoraba, pero casi nunca estaba.
Reuniones, vuelos, cenas con inversores y llamadas a cualquier hora habían convertido su paternidad en una sucesión de promesas aplazadas. Alejandro intentaba compensarlo con juguetes, viajes y regalos. Lucía agradecía cada cosa, aunque a veces solo preguntaba: