Yo llegué 4 horas antes y encontré mi mansión llena de niños desconocidos celebrando con mi hija. Mientras Lucía repartía su tarta, mi madre sentenció fría que la cuidadora la estaba usando. Escuché: ‘No es de la familia’. No discutí, me quité la chaqueta y dije que la fiesta seguía, hasta que vi la carpeta azul con 27 nombres.

PARTE 1

Alejandro Valdés llegó a su casa 4 horas antes de lo previsto y, durante los primeros 30 segundos, estuvo convencido de que la mujer a la que había confiado a su hija lo había traicionado.

A sus 42 años, Alejandro era uno de los empresarios tecnológicos más conocidos de Madrid. Había levantado una compañía valorada en cientos de millones, aparecía en revistas económicas y vivía en un enorme chalet de La Moraleja, con jardín, piscina y un equipo doméstico que funcionaba casi como un hotel. Sin embargo, desde que su esposa, Clara, falleció 3 años atrás, todo aquello le parecía decorado alrededor de una única persona: su hija Lucía, de 5 años.

La adoraba, pero casi nunca estaba.

Reuniones, vuelos, cenas con inversores y llamadas a cualquier hora habían convertido su paternidad en una sucesión de promesas aplazadas. Alejandro intentaba compensarlo con juguetes, viajes y regalos. Lucía agradecía cada cosa, aunque a veces solo preguntaba:

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