Alejandro quiso preparar cajas para todas las familias.
—Hágalo —dijo Marta—, pero no como caridad. Diga que ha sobrado comida y que nos ayudan llevándosela.
Él obedeció.
Aquello le enseñó algo que nunca había aprendido en una sala de juntas: incluso la ayuda podía humillar si se ofrecía desde arriba.
Al caer la tarde, las familias fueron llegando. Un padre explicó que llevaba meses sin poder organizar nada especial para su hija porque había perdido el empleo. Una madre abrazó a Marta durante largo rato. Nadie pidió dinero. Nadie intentó aprovecharse de Alejandro.
Cuando el último niño se marchó, Lucía se acercó a su padre.
—¿Estás enfadado con Marta?
Alejandro se agachó.
—Estoy enfadado conmigo.
—¿Por qué?
—Porque creía que darte todo era asegurarme de que nunca te faltara nada. Y quizá te faltaba yo.
Lucía lo abrazó.
A la mañana siguiente, Marta llegó 20 minutos antes. Llevaba una carta de renuncia en el bolso. Estaba convencida de que Alejandro había esperado a que los niños se marcharan para despedirla en privado.
Él la recibió en el despacho. Sobre la mesa había 2 documentos.
—Antes de que diga nada —empezó Marta—, sé que no debí organizar la fiesta sin autorización.
—Es verdad.
Ella bajó la mirada.
—Lo entiendo.
Alejandro empujó el primer papel hacia ella.
Era una modificación de su contrato: aumento de sueldo, más días libres y una partida mensual para actividades de Lucía que podría utilizar sin pedir permiso para cada pequeño plan, siempre dentro de unas normas claras de seguridad.
Marta lo miró sin comprender.
—Te contraté para cuidar de mi hija —dijo Alejandro— y acabaste cuidando una parte de ella que yo estaba ignorando.
Luego señaló el segundo documento.