Aquel martes lluvioso, Alejandro había vuelto temprano pensando que sorprendería a su hija.
Al final, fue él quien recibió la sorpresa.
Descubrió que una mansión podía estar llena de objetos y seguir vacía, mientras un jardín con 27 niños, una tarta casera y una cuidadora disfrazada de pirata podía contener una riqueza imposible de comprar.
Desde entonces, cuando alguien le preguntaba cuál había sido la decisión más valiosa de su vida, Alejandro nunca hablaba de empresas, acciones ni inversiones.
Pensaba en el instante en que estuvo a punto de ordenar a Marta que se marchara.
Y en cómo, por una vez, decidió escuchar antes de cerrar la puerta.