La mujer llevaba una carpeta azul.
La reconocí.
Era Verónica, una antigua empleada administrativa de la empresa donde Mauricio había trabajado.
Yo la había visto varias veces en cenas y reuniones.
El audio era débil, pero una frase se escuchaba con claridad.
—Con esto basta para demostrar que tengo autorización —dijo Mauricio.
Luego añadió:
—En cuanto llevemos dos semanas viviendo ahí, será mucho más difícil que nos saquen.
Sentí las manos heladas.
Raquel, que estaba conmigo, susurró:
—Eso era el plan.
No querían quedarse unos días.
Querían instalarse, crear la apariencia de posesión y obligarme después a iniciar un proceso largo para recuperar mi propia casa.
Por primera vez comprendí por qué habían cambiado las cerraduras tres días antes.
No era comodidad.
Era control.
Presentamos la nueva grabación.
Mauricio dejó de llamar.
Durante dos días no supe nada de él.