La doctora miró al perro.
—Entonces tenemos dos problemas —dijo—. Médicamente, Bruno lo ayuda. Desde el punto de vista del control de infecciones, no puede entrar donde necesitamos llevar a Mateo.
Una voz surgió desde la sala de espera.
—¿Y ahora qué pasa?
Un hombre alto se puso de pie junto a una adolescente que sostenía un soporte de suero.
La muchacha se llamaba Camila.
Tendría catorce años.
Llevaba un gorro oscuro y tenía ese aspecto que tienen algunos pacientes jóvenes cuando han escuchado demasiadas conversaciones de adultos.
Su padre se llamaba Daniel.
—Llevamos casi dos horas esperando una habitación —dijo—. Quiero saber si mi hija seguirá esperando porque van a hacer una excepción.
Lucía se puso pálida.
—No queremos quitarle nada a nadie.
Daniel levantó una mano.
—No he dicho eso. Solo digo que todas las familias aquí tienen una historia terrible.