—Capitán… ¿usted sigue siendo el que manda aquí?
Debí haber dicho que no.
Mi jornada había terminado.
Mi tripulación iba hacia el transporte del hotel.
Pero miré su mano pequeña aferrada a mi chaqueta.
—Durante un minuto —respondí.
Lucía estaba detrás de él, sosteniendo el teléfono.
Y tenía una expresión que conozco demasiado bien.
No era pánico.
Era la cara de alguien que acaba de escuchar un “no” dicho con mucha educación.
—Capitán, perdón —dijo—. Acabo de recibir esto.
En la pantalla había un mensaje del hospital pediátrico privado al que trasladaban a Mateo.