Yo ajusté mi chaqueta.
—Sí. Vamos con ustedes.
El hospital estaba casi en silencio cuando llegamos.
Un empleado abrió la puerta del transporte, sonrió al ver a Mateo y después vio a Bruno.
La sonrisa no desapareció.
Pero cambió.
Eso fue suficiente para entender que no éramos la primera familia que llegaba allí con una necesidad que no encajaba perfectamente en las reglas.
En recepción pidieron los datos de Mateo.
La trabajadora escribió durante unos segundos.
Después miró al perro.
—Señora, Bruno puede quedarse con usted en la zona familiar mientras su hijo sube.
Mateo se quedó inmóvil.
Completamente inmóvil.
—Él no se queda en ningún sitio sin mí.
Lucía se arrodilló.
—Amor, estamos preguntando. Todavía no sabemos…
—No.
No gritó.
Fue peor.
Lo dijo como alguien que ya había tomado una decisión.
Poco después apareció la doctora Elena Morales, responsable de los ingresos aquella noche.
Tenía unos cuarenta y tantos años, el cabello recogido y una cara cansada que no intentaba disimularlo.
Lucía explicó todo.
El viaje.
Los ataques de pánico.
La recaída.
El tratamiento.
Bruno.
La doctora escuchó sin interrumpir.
Después se agachó frente a Mateo.
—Voy a decirte la verdad, ¿de acuerdo?
Mateo asintió.
—Bruno puede estar contigo aquí y en algunas salas familiares. Pero no puede entrar en las habitaciones protegidas. Hay niños que prácticamente no tienen defensas y tenemos que reducir todo lo que pueda llevar microorganismos.
Mateo apretó el arnés.
—Entonces no voy.
Lucía cerró los ojos.
—Mateo…
—Tú dijiste que Bruno se quedaría conmigo.
Su respiración empezó a acelerarse.
Bruno reaccionó antes que todos.
Se apoyó con fuerza contra la pierna del niño y puso una pata sobre su tenis.