Aquel perro no estaba causando el problema.
Era el único que estaba haciendo exactamente lo que debía.
Me acerqué y, a pesar del dolor en mis rodillas de cincuenta y siete años, me senté en el suelo.
Frente al perro.
Sin tocarlo.
—Hola, compañero.
Las orejas del animal se movieron.
Sus ojos marrones pasaron del personal de seguridad a mí.
—¿Cómo se llama?
El niño dejó de jadear durante un segundo.
Abrió los ojos.
—B… Bruno.
—Bruno —repetí—. Buen nombre. Yo soy Jorge Salgado. Soy el capitán del avión que está ahí afuera.
Entonces miré al niño.
—Tú debes ser Mateo.
Asintió.
—No puedo subir.
—¿Por qué?
Apretó con ambas manos el asa del arnés.
—Se van a llevar a Bruno. Vi unas jaulas afuera.
—Mateo, esas jaulas no son para Bruno.
—Pero…
Señalé el chaleco rojo.
—Mira su uniforme. Bruno está trabajando, igual que yo.