“Quédate en casa, mamá, queremos descansar sin tener que cuidarte”, dijo mi hija antes de cerrar la puerta del coche y marcharse con todos. Hasta se llevaron el pastel que preparé para mis nietos. Yo sólo recogí mi maleta, abrí el cajón donde guardaba los documentos de más de 30 años y marqué un número. Esa misma tarde, una llamada desde la casa convirtió sus vacaciones en una pesadilla.

Yo asentí orgullosa.

No sabía que minutos después iba a querer desaparecer.

Mientras ellos acomodaban hieleras, sombrillas y equipaje, yo permanecí junto al zaguán esperando que alguien me dijera en qué coche me iría.

Nadie lo hizo.

Cuando todo estuvo listo, Claudia caminó hacia mí.

Pensé que venía por mi maleta.

En cambio, miró alrededor para comprobar quién estaba escuchando y bajó la voz.

—Mamá, los coches van llenísimos. Y, siendo sinceros, queremos descansar. Los niños van a hacer ruido, tú te cansas rápido, quieres parar a cada rato… sólo vas a estorbar en el viaje. Mejor quédate aquí. Nosotros regresamos el lunes.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo que me quede?

—No hagas un drama, mamá. Es sólo un fin de semana.

Mauricio evitó mirarme.

Javier estaba junto a su coche. Nuestros ojos se encontraron durante dos segundos.

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