—¿Puedo pasar?
—Sí.
Se sentó en mi sofá nuevo.
Miró las paredes claras, las plantas de la terraza, los muebles que yo había escogido sin consultar a nadie.
—Está bonito.
—A mí me gusta.
Permaneció callada.
Después comenzó a llorar.
Mauricio había confesado que debía mucho más dinero de lo que yo sabía.
Había pedido créditos a nombre de ambos.
Había perdido dinero apostando.
También había utilizado una tarjeta adicional de Claudia durante meses sin decirle.
—Me dijo que todo se habría arreglado si tú no hubieras vendido la casa —murmuró.
—¿Y tú qué crees?
Tardó en contestar.
—Que estaba esperando que algún día esa casa fuera nuestra para usarla como salvavidas.
Asentí.
Eso era exactamente lo que Ernesto había temido.
—Voy a separarme de él.
No celebré.
Seguía siendo el padre de mis nietos.
Y, por mucho daño que hubiese hecho, ver fracasar el matrimonio de mi hija no me producía felicidad.
—Lo siento, Claudia.
—Yo también.
Me tomó la mano.
—Mamá… lo que te hicimos aquel sábado fue horrible.
No dije nada.
—No fue Mauricio solamente. Yo fui la que te dijo que estorbabas. Lo pensé. Me convencí de que tenía derecho a tu comida, tu casa y tu ayuda, pero no a tener paciencia contigo. No sé en qué momento me convertí en esa persona.
Esa fue la primera disculpa que realmente sentí sincera.
—Te amo —le dije—. Pero amar a alguien no significa permitirle cualquier cosa.
Asintió.
—Lo sé.
—A partir de ahora hay una regla.
—¿Cuál?
—Respeto. Si quieres estar en mi vida, respetas mi tiempo, mis decisiones y mi casa. Lo mismo Javier. Lo mismo cualquiera.
—Está bien.
No nos abrazamos inmediatamente.