“Quédate en casa, mamá, queremos descansar sin tener que cuidarte”, dijo mi hija antes de cerrar la puerta del coche y marcharse con todos. Hasta se llevaron el pastel que preparé para mis nietos. Yo sólo recogí mi maleta, abrí el cajón donde guardaba los documentos de más de 30 años y marqué un número. Esa misma tarde, una llamada desde la casa convirtió sus vacaciones en una pesadilla.

La frase me confirmó que todavía no entendía nada.

—Pasen.

Preparé tres tazas de café.

Nadie quiso tomar.

Mauricio fue directo al asunto.

—Cancela la venta.

—No.

—Teresa, no estás pensando con claridad.

—Estoy pensando con más claridad que en muchos años.

Se levantó del sillón.

—Esa casa la construyó Ernesto. Es patrimonio de sus hijos.

Saqué la carpeta color vino y la puse sobre la mesa.

—Lee.

Mauricio pasó las páginas rápidamente.

Javier se acercó.

Claudia también.

—Tu papá y yo nos casamos bajo separación de bienes —expliqué—. El terreno se compró con dinero mío y quedó escriturado a mi nombre desde el principio. Las ampliaciones posteriores también fueron declaradas dentro de mi propiedad. No hay copropiedad que discutir. Ya lo confirmó una abogada.

Mauricio cerró la carpeta de golpe.

—Eso no significa que moralmente puedas venderla.

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