Una persona puede estar rodeada de hijos, nietos, ruido y cenas familiares y aun así sentirse completamente sola.
La soledad no siempre es una casa vacía.
A veces la soledad es sentarte en una mesa llena de gente que sólo recuerda que existes cuando necesita algo.
Miré a Mauricio a los ojos.
—Prefiero una casa vacía donde me respeten que una casa llena donde me traten como sirvienta.
Él tomó las llaves y salió.
La puerta tembló cuando la cerró.
Claudia quedó sentada en el sofá.
Javier seguía de pie.
Durante varios minutos sólo se escuchó el reloj.
Finalmente Claudia murmuró:
—¿Papá sabía todo?
—Sí.
—¿Por qué nunca me dijo?
—Intentó hablar contigo. Cada vez que mencionaba las finanzas de Mauricio te enojabas y decías que no confiaba en tu esposo. Después enfermó. Ya no quiso pasar sus últimos meses peleando contigo.
Las lágrimas comenzaron a caerle en silencio.
Esta vez no vi rabia.
Vi miedo.
—¿Y tú también lo sabías?
—Sabía una parte.
—¿Por qué no me dijiste?
—Porque durante años pensé que ser madre era resolver problemas sin molestar a los hijos. Fue un error mío.
Javier se sentó frente a mí.
—Mamá, ¿vas a vender aunque Mauricio salga de nuestras vidas?
Comprendí lo que realmente me preguntaba.
Si aquello era una venganza.
Negué con la cabeza.
—No vendo para castigarlos. Vendo porque entendí que necesito construir una vida que no dependa de ustedes.
—Podemos cambiar —dijo Claudia.
—Ojalá. Pero su cambio no puede ser la base de mi seguridad.
A las nueve y media, Arturo me llamó.
Los compradores llegarían a la casa de Tecolutla en treinta minutos.
Claudia me miró.
—¿De verdad los vas a dejar entrar?
—Sí.
No discutió.
Una hora después Arturo volvió a llamar.