Tres puertas se cerraron de golpe.
Luego sonó el timbre.
Una vez.
Dos.
Cinco.
Diez.
Me levanté, preparé café y caminé hacia la entrada.
Antes de abrir recordé otra cosa que Ernesto me había confesado meses antes de morir.
Algo sobre Mauricio.
Algo que Claudia nunca había sabido.
Y entendí que aquella mañana no sólo iban a discutir por una casa.
Iban a descubrir por qué mi esposo había tenido tanto cuidado de dejar mi patrimonio lejos de las manos de su propio yerno.
PARTE 3
Abrí la puerta sin prisa.
Claudia estaba despeinada y con los ojos hinchados. Mauricio tenía la misma camisa del día anterior, arrugada por el viaje. Javier permanecía un poco más atrás, mirando al piso.
—Buenos días —dije.
Claudia intentó entrar de inmediato.
Levanté la mano.
—Primero vamos a hablar sin gritos.
—¡Mamá, vendimos medio fin de semana regresando por tu berrinche!