—Eso fue hace años.
—Tú me dijiste que mi papá nunca te prestó dinero.
—Porque ya estaba resuelto.
—No está resuelto —dije—. Nunca devolviste más de treinta mil.
Mauricio se levantó.
—Esto no tiene nada que ver con la casa.
—Tiene todo que ver.
Abrí otro sobre.
—Meses antes de morir, Ernesto descubrió que habías vendido el coche de Claudia para cubrir otra deuda.
Ella levantó la cabeza lentamente.
—Me dijiste que habías usado ese dinero para apartar la camioneta nueva.
Mauricio no respondió.
—Pregúntale por qué nunca llegó la camioneta —dije.
—Cállate, Teresa.
Fue la primera vez que levantó la voz de una forma que me dio miedo.
Javier dio un paso hacia él.
—No le hables así a mi mamá.
Mauricio lo empujó con el hombro.
—Tú no te metas.
Me puse de pie.
—Se terminó.
—No, no se terminó —gritó Claudia—. Quiero saber.
Miró a su marido.
—¿Dónde está ese dinero?
Mauricio respiraba con dificultad.
—Tuve problemas.
—¿Qué problemas?
—Invertí mal.
—¿En qué?
No respondió.
Yo sí sabía parte de la respuesta.
—Apuestas deportivas.
Claudia se llevó una mano a la boca.
—No.
—Tu padre encontró mensajes en el teléfono de Mauricio cuando éste lo dejó cargando en nuestra casa. Después Mauricio mismo terminó confesándole una parte porque necesitaba otro préstamo.
—¡Vieja metiche! —estalló él.
No sé qué me sorprendió más: el insulto o darme cuenta de que ya no me dolía.
—Sal de mi casa.
—Todavía no terminamos.
—Yo sí terminé.
—Vas a arrepentirte cuando estés sola.
Aquella frase cayó en la sala como una piedra.
Durante muchos años fue exactamente el miedo que me había mantenido callada.
Quedarme sola.
Pero después de aquella banqueta, comprendí algo.