“Quédate en casa, mamá, queremos descansar sin tener que cuidarte”, dijo mi hija antes de cerrar la puerta del coche y marcharse con todos. Hasta se llevaron el pastel que preparé para mis nietos. Yo sólo recogí mi maleta, abrí el cajón donde guardaba los documentos de más de 30 años y marqué un número. Esa misma tarde, una llamada desde la casa convirtió sus vacaciones en una pesadilla.

Ahí entendí hasta dónde estaban dispuestos a llegar.

—Qué curioso, Mauricio. Ayer era demasiado vieja para ir a la playa. Hoy soy lo suficientemente importante como para que quieras controlar mis propiedades.

No respondió.

Justo entonces recibí un mensaje de Arturo.

Una pareja de Xalapa había visto las fotografías y quería conocer la casa al día siguiente a las diez de la mañana.

Sonreí.

—Por cierto —les dije—, mañana llegan unos compradores.

Claudia gritó.

—¡Nosotros estamos aquí!

—Entonces recojan todo. No quiero platos sucios ni toallas tiradas cuando lleguen.

—¡No vamos a dejar entrar a nadie!

—Arturo tiene autorización escrita para mostrar mi propiedad.

Mauricio comenzó a amenazar con demandas.

Claudia dijo que yo estaba destruyendo a la familia.

Javier, que casi nunca hablaba, pidió el teléfono.

—Mamá… ¿de verdad vas a hacerlo?

Su voz me dolió más que los gritos.

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